El puerto de los aspirantes

Antes no era difícil. Al menos no tanto. Con ocho años te decían que crearas una historia y te ponías a improvisar. Con suerte releías, corregías algún despiste y se lo entregabas al profesor. Estaba a lápiz, pero no habrías tenido mucho problema en usar bolígrafo. Conocemos infinidad de muestras de que los niños están encantados de inventar (incluso en los exámenes); ni se plantean lo que es el miedo a escribir.

Más adelante, tampoco costaba demasiado entregar cualquier trabajo para clase. Tenías un pocas horas o a lo sumo días para cada tarea. Reunías la información, la explicabas y listo. Presentabas el texto quizá ya mecanografiado y, venga, ¡siguiente! Sin embargo, para algunos llega un punto en que elaborar y exponerse es más complicado.

Miedo a escribir

Eres consciente de las maravillas que hay por ahí y cada idea tuya que germina te parece diminuta e innecesaria. El universo que vislumbras te parece débil y se desmorona. Sabes las críticas que puede haber, porque todo son juicios. Entonces analizas, esperas a tener la certeza. Supones que la construcción surgirá de la nada.

Mientras, el tiempo pasa, el cuaderno de cien hojas con anotaciones inconexas amarillece y todavía no has encontrado en los relatos de otros tus ideas como tú las contarías, tanto las recién llegadas como las que se han negado a marcharse de tu mente.

Miedo a no escribir

Un día asumes que ya está bien. Nadie va a escribir ese libro por ti (bueno, a no ser que contrates a alguien para ello, que se puede:). Qué más da que a unos cuantos no les vaya a gustar, lo que quieres es que tu obra exista y alguien lo aprecie, empezando por ti. Crees intuir un camino complicado pero transitable e inicias la aventura.

Con el fluir irregular de los párrafos, te das cuenta de que algo nace o evoluciona cuando en un rato libre te esfuerzas en discurrir. Quién te lo iba a decir. Semanas, meses de miles de tiradas del hilo y has tejido un primer borrador: insulso o grandilocuente y seguro que descompensado, pero ahí está por fin la materia prima de una creación de tu mundo al que, si quieres, los demás podrán entrar.

Puerta blanca abierta, cuyo interior aparece negro

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